¡Tranquilos! Que nadie salga huyendo despavorido que no voy a hablar de la Eurocopa. Tampoco caminaré sobre las arenas movedizas de los nacionalismos. Hablaré del chovinismo lúdico que llevo observando desde hace un tiempo y del que cada día estoy más convencido.
Para ello permitidme resumir chabacanamente la teoría filosófica de los anillos concéntricos de Hegel, que viene a decir algo así como que quieres más a tu hermano Manuel que a tu prima segunda Felisa que no ves desde hace años, pero que puestos a salvar la vida a alguien, iría por delante de la desconocida que te acabas de cruzar al comprar el pan. Apuesto a que más de un licenciado en Filosofía ha dejado de leer el post en este punto y que Punset ha decapitado a una docena de gatitos.
Extrapolando esta teoría a los juegos de mesa, puedo entender que la mayoría de consumidores nacionales se alegren (nos alegremos) de los logros y éxitos cosechados por las entidades con sello español. No me refiero a motivos prácticos como son una mayor accesibilidad a ciertos juegos por tenerlos en nuestro idioma, sino a la sana satisfacción de ver triunfar a alguien “cercano”. La escala de esa cercanía es totalmente subjetiva y no se limita a los colores de las banderas, ni al grado de consanguinidad, pero tampoco es éste el tema de fondo.
El problema es cuando esa afinidad se convierte en fanatismo, en un síntoma que denomino el “hype patrio”, esto es, la exaltación y defensa a ultranza del producto nacional por el mero hecho de serlo, sin atender a criterios objetivos. El problema de jalear “a los nuestros” contra viento y marea es que les hacemos más perjuicio que beneficio, porque la base para mejorar en cualquier ámbito es conocer las debilidades y los defectos. Defender ciegamente los colores de nuestro equipo es anecdótico, pero cuando hablamos de empresas y profesionales, la crítica constructiva desde el respeto será su mejor aliado.
Como si de una cata ciega se tratase, me encantaría poder hacer el experimento de dejar un mismo juego de mesa a dos grupos de jugones. A uno le mencionaría su origen nacional y al otro no. Ustedes me perdonarán el atrevimiento, pero apuesto a que las impresiones serían bien distintas.
Filosofar sobre todo esto es una perogrullada, lo sé, aunque algunos “fanboys” se quedaron atrapados en los anillos concéntricos de Hegel. Ahora pasemos a lo práctico. Hablemos de los consumidores. Porque los efectos de esta patología patriótica tienen sus consecuencias en los consumidores. ¡Y amigo, ya sabemos que la pela es la pela!
Si el hype patrio crea demasiadas expectativas sobre un juego, cuidado porque le seguirán las compras y las decepciones. Si el hype patrio tolera con demasiada facilidad una insuficiente calidad de materiales, cuidado porque tendremos malos componentes. Si el hype patrio no acepta las críticas constructivas, mucho cuidado porque nunca mejoraremos. Y eso es pernicioso para todos.
Que no malinterprete la parroquia. No pretendo levantar una caza de brujas, tan sólo reflexionar sobre ciertas actitudes. Yo también soy español. Y precisamente por eso me gustaría lo mejor para todos: empresas, profesionales y consumidores.